¿Budismo y productividad laboral?

Un monje budista y un coach trabajando juntos para adiestrar a hombres de negocios y altos directivos. Técnicas de meditación y control mental para mejorar la productividad. La felicidad del obrero como alternativa a los despidos y a la precariedad laboral.

Lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción, se va instalando con fuerza en las organizaciones. “Está demostrado: las empresas que tienen un buen clima laboral y una motivación positiva de sus empleados son un 40% más productivas”, asegura Pascual Olmos, quien durante los últimos nueve años ha sido director comercial de Repsol. Olmos —que acaba de jubilarse— da otro dato: “Según un estudio de la revista Fortune, las empresas que poseen al personal más motivado tienen un valor en Bolsa un 50% superior a las otras”.

Con 17 años de trabajo en Ford y 20 en Repsol, donde tenía 11.000 empleados a su cargo, este exdirectivo es uno de los 250 alumnos que en los últimos años han pasado por Mind Workshop, los talleres ofrecidos por el monje budista Lobsang Namgyel y el coach Fernando Iglesias, con el propósito de “transformar la mente y desarrollar la sabiduría” de quienes tienen poder y pueden influir más en el mundo empresarial y en la sociedad.

“Cuando la mente no está en calma, como por ejemplo cuando está condicionada por una emoción destructiva, solemos tomar decisiones de las que nos arrepentimos. Es muy difícil estar enfadado con alguien y tener una mente clara para actuar de forma beneficiosa para el conjunto”, asegura Iglesias, uno de los fundadores de Evocalia, empresa que da asesoramiento a firmas como Hewelt-Packard, Eroski, Gallina Blanca o Repsol.

La persona que dirigió su retiro en el monasterio de Kopa fue el venerable Lobsang Namgyel, un antiguo hombre de negocios australiano que se convirtió al budismo después de un grave accidente —lleva ya 30 años de monje en la India— y hoy es un reputado maestro a cargo del Root Institute in Bodh Gaya. Durante el curso hubo afinidad entre ambos, y posteriormente Iglesias le propuso a su maestro ofrecer talleres de iniciación para altos ejecutivos, convencido de que “transformando la mente de aquellos que tienen más poder, se pueden influir más en el mundo para que sea sostenible y mejor”.

La primera experiencia se realizó en 2008 en la ciudad de Toulouse y consistió en un retiro de una semana para ocho directivos de empresas pequeñas y grandes. Las enseñanzas de Lobsang Namgyel se combinaron con sesiones de meditación y silencio, así como con actividades puras de coaching dirigidas por Iglesias. “El éxito fue absoluto”, recuerda Iglesias. “La mayoría repitió después y muchos han enviado a los equipos a su cargo a talleres posteriores”.

“Una mente sabia es una mente altruista y esta empieza por el desarrollo de la generosidad”, afirma Rosa Cruz, asistente a aquel primer curso de Toulouse y quien desde entonces no se ha perdido uno. Cruz trabaja en el sector de venta de infraestructura de telecomunicaciones —hasta hace poco como responsable de distribución para el Sur de Europa de la multinacional Juniper, y ahora para Cisco—, y explica que durante el taller se aprende “a manejar mejor la presión y el estrés”, y al sentirse uno satisfecho en lo individual, mejora el clima laboral y también la productividad.

Cuando hablamos de mente altruista no hablamos de no esperar nada para uno mismo. “Se trata, más bien, del egoísmo inteligente en contraposición al egoísmo idiota, según los términos acuñados por el Dalai lama”, dice Fernando Iglesias. “Es normal que uno quiera que le vaya bien, y sentirse satisfecho, pero es inteligente no olvidar y entender que gran parte de ese deseado bienestar proviene, por el principio de la interdependencia, de los demás; del conjunto”, continúa. Egoísmo idiota sería ver las situaciones de forma estrecha y cortoplacista, buscando el interés propio sin tener en cuenta el sistema.

Olmos está de acuerdo. Considera que en el proceso de autoconocimiento que se experimenta con la práctica budista uno aprende “a tener paciencia y a mirar a largo plazo, a repensar las prioridades, a reorientar las motivaciones, y esto es beneficioso en lo individual, pero también para la empresa”. La mejora del clima laboral hace que los resultados sean mejores, asegura Olmos, y da datos objetivos referidos a Repsol. “En 2006 pedimos que se calificara el clima laboral de 1 a 100, y los trabajadores lo evaluaron en 47. En 2008 la calificación se elevó a 57 y en 2011 llegó a 72. Y la productividad mejoró sensiblemente”.

 

 

 

elpais.es


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